
Buenos Aires. Gran Bar Danzón. Subir por una escalera estrecha y oscura, apenas alumbrada por antorchas en la pared. Entrar a ese lugar casi en penumbras, cuya escasa luz venía desde el suelo. Negras las mesas, negras las paredes, negros los asientos. Sentarme frente a la cava que cubría una extensa pared tras del bar. Beber con cada plato una copa de vino distinta, mientras me explicaban qué buscar en cada sorbo, cómo sorprenderme en cada bocado.
El plato final era un sueño. Pequeñas muestras de lo divino, en nubes color chocolate que emanaban vapor al partirlas, cristales dulces y fríos que se apoderaban de tu boca, cremas y capas crujientes, manjares, fresas y uvas. El último trozo fue despertar de un sueño.
Todas las imágenes se me repiten contigo. Desde el momento en que te miro a los ojos. Siguiendo por el ritmo que dictan tus manos, el beso tuyo que devora mi boca, ese olor dulce que alcanza mi paladar y aprieto con mi lengua. Tus firmes mandatos. Tu silencio. Tus gemidos suaves. Tus manos que buscan el sitio exacto y obligan a las mías, rendidas, a hacerte caso.
Termina y queda en mí ese mareo delicioso de haber caído en picada por un precipicio. Abro los ojos y me sorprendo de tenerte cerca. Y te huelo...y te toco. Y tu sudor tibio en mi piel temblorosa, me repite que fuiste cierto. Que para mí tu eres el mejor de los postres, el más tibio manjar....saboreado de a cucharaditas.