
Si fuera así, y de verdad lo creo, cada dedo es un individuo. Y si lo extrapolamos a mí, cada dedo te buscó, te olió, te conoció y decidió quedarse contigo. Cada dedo entonces te extraña. Cada puto pulpejo. Cada pequeña falange. Cada mísera articulación metacarpiana.
Cada uno de mis dedos te odia. Cada uno resiente tu falta. Todos juntos quieren golpearte, sacudirte, ahorcarte. Intentan abrirme el pecho y quitarme el corazón enamorado. Pulsan descontrolados el teclado, enhebrando palabras para gritarte y gritarme que te están llorando. Se refugian en mi cuerpo y abrazan mi cintura cada noche, brindándome el calor que tú te llevaste.
Hoy llegué a mi casa, a mi pieza y supe que habías estado. Mis dedos se flectaron y se escondieron en un puño adolorido. Ninguno quiso hablarme. Se pusieron fríos y tensos y desplegaron la misma sensación a todo mi cuerpo. Sentí un golpe en el abdomen.
Leí las palabras que dejaste en el espejo. Mis dedos no despertaban. Me taparon la boca para que no dijiera nada, para que no llorara.
Y pasaron las horas y siguen helados, fríos, golpeados.
Ha sido una tarea titánica. Es mi alma entera. Es mi cuerpo, mi piel que desespera. Es mi risa. Es todo lo que dejaste regado tras botarme de lo más alto de tus promesas. Es cada maldito bendito día sin tu presencia. Son diez dedos. Y cada uno debe olvidarte, y cada uno debe dejar de buscarte y cada uno, algún día, deberá perdonarte. Por favor, basta, ya es suficientemente difícil esta injusta tarea.