
Un comentario de Claudio me llamó la atención. Hablaba del pudor. De temer llegar a transformarse en un voyerista. De la pérdida de los límites un sábado por la noche.
Qué parte de los límites socialmente preestablecidos es la cual en la que yo creo y cuál sigo solo por no atreverme a cruzar....
Siempre he creído que así tengas 6 meses u 80 años de vida en este planeta, eres un ser por entero y no solo una parte. Mi sexo y mi sexualidad, van en el paquete junto con mis neuras, mis defectos, mis valores, mi humor, mi color de pelo, mis rabias, mis sueños, mi colon irritable, mi cefalea vascular, mi hambre por libros, música y cine. Entiendo que somos seres completos. Ni de la cintura para abajo ni de allí hacia arriba. Enteros. De la punta del pelo a los pies. Con todo el fenómeno cardiovascular y emocional de por medio. Somos bestias pensantes. De lo más cavernícola y básico como el sexo, el hambre y la sed, hasta la compasión y el arte.
Claro está que dentro de esta selva de animales hay de todo. La más compleja trama de especies y con diferencias entre cada INDIVIDUO. Único e irrepetible, como decía mi profesor de Biología celular, con su voz pastosa de tabáquico crónico.
Entonces es que entiendo todas las tendencias sexuales. Todo está permitido si se hace de mutuo acuerdo, sin dañarse física ni emocionalmente, si te hace feliz.
No creo haber perdido pudores. Creo que dentro de este mundo con chicas que prefieren el sexo anal para "no perder la virginidad" o quedar embarazadas, clubes de swinngers y artículos varios, soy más bien "clásica". Heterosexual a mango, de líbido alta, fiel mientras me amen bien, infiel en ocasiones, prefiero la piel, el momento y las manos a artilugios más sofisticados.
Hace un tiempo atrás me propusieron un trío y se me murió el deseo estrepitósamente. Nunca más. Quien tenga eso en mente, no es de mi especie, así que siga buscando.
De voyerista tengo que me encanta observar. El mundo entero. Guardarme en una esquina de una plaza llena de gente. De un museo concurrido, de una playa al ocaso. Y mirar. Ser parte del viento, del álamo que está a tres metros, de cada persona que transita cerca. Pero no estar. Solo ver. No estar. No teman paseantes, no juzgo, no hiero, no hago nada mal.
Y si se trata del amor...
me enamoro de la palabra, de las líneas del pensamiento, me enamoran con silencios intensos, con honestidad a toda prueba, con piel y ternura. Mil veces prefiero una buena conversación a un ramo de flores. Un paseo en la noche que una discoteque llena de gente.
Y soy apasionada en todo.
Pero pudor, Claudio, tengo.
Lo que no tengo es prejuicios.
Quizás es hora de escribir aquello que te arrebata los dedos. Escribes tan lindo, que muero por leerlo. Un abrazo.