
Se transformaba y se escondía. Sus ojos, su cola de colores, sus manos, su carita. Todo desaparecía. Y terminaba de cojín redondo sobre mi cama de niña.
Quise creer que podía ser distinto...pero si hay una de esas bellas sorpresas en el camino, al parecer aún tardará otro rato. Así las cosas, me hago un ovillo, velo mis intenciones y mis sueños, dejo la sonrisa pendiente, la alegría guardada, la desesperanza escurriéndose de a poco y me escondo todo lo que pueda en mi mochila blanca.
No es negación, queridos, es solo un desesperado intento por sobrevivir.
Tengan dulces sueños.