
Parecía una vida entera. La noche había pasado de a gotas. Los segundos se sucedían con intranquilizadora calma.
No podía sospechar qué pasaba tras esa puerta.
Todos mis conocimientos en vano.
Tal vez sería más fácil si tuviera un Dios a quién rezarle.
Pero tu frágil cuerpito amenazado me parecía la evidencia más irrefutable que nada así existía.
Temblaba de pies a cabeza cuando intentaba levantarme. Jamás había estado tanto tiempo sin decir palabra. La maldita congoja cual garra feroz atrapando mi garganta. El dolor urente en la boca del estómago, donde creo que debe estar mi alma.
Nunca antes me sentí tan fútil, tan obvia, tan descartable, tan poca cosa.
El dolor me atrapaba y me aplastaba contra la pared.
Te dije lo suficiente, cuánto te amaba?. Te lo repetí mil veces, lo pensaste antes de caer aquí?
El pasillo, los tacos de las enfermeras, el ensordecedor silencio, las voces susurrantes. No se me acerquen, quédense lejos de mí. No me miren, yo tampoco los miro. Justo ahora todo me da lo mismo. No saben que me estoy muriendo aquí.
No sé cómo pasó el día. Siguió mi lengua atorada sin poder emitir sonido. Los ojos vaciós y el dolor empezó a anestesiarme el cuerpo. Solo podía mirarte. Me dejaban unas horas dentro y luego me guiaban hacia fuera. Me quedaba justo allí. Sin moverme ni un centímetro de la puerta. Sin comer sin dormir.
Te cuento, hoy atendí un parto de madrugada. Era un hermoso varón. Lo tenía en mis manos, lo envolví con un paño tibio tras cortar el cordón, lloraba y estaba tan bellamente vivo. Le pregunté a la madre cómo lo llamaría. Ella algo dolorida, pero contenta, me sonrió y dijo "Jesús". Vaya ironía.