
Algunos días amanecen diáfanos, apenas delineándose sobre las montañas...
Otros simplemente no.
La humedad de la mañana, el cielo cerrándose afuera. El desacostumbrado silencio.
No me extrañó sentir un crujido lejano. Levanté la vista al horizonte al tiempo justo para que me cegara la luz.
Algo se estremeció en mi alma, al mismo tiempo que el ruido se repetía, de nuevo la luz surcaba rauda y entraba ese aire enrarecido desde mi balcón.
Aulló en silencio el recuerdo de mi infancia. Mi bosque amado, mis días de lluvia, las carreras por llegar luego a casa, los saltos en las pozas de agua, la chimenea encendida, la ropa humeante colgada frente al fuego...
Pero luego estabas tú.
Con esa mirada suplicante, los ojos inyectados, las manos algo temblorosas y el grito tácito, desesperado....por favor, por favor.
Va llegando el olor a lluvia. Llueve, llueve, murmuro en una súplica ahogada, sigue el viento entrando, sacudo mi cabeza, evito tu mirada.
Pero sigues estando tú.
Dónde se nos fue la alegría. Cuándo dejé de creer en ti. Cuando decidiste amarme. Y porqué ahora y no cuando te rogaba que te quedaras junto a mi.
Por fin caen las gotas. De a poco, livianas, casi se esfuman al tocar el suelo aún tibio de ayer.
Te abrazo y vamos cayendo en silencio. Las horas son eternas y hay tanto por decir.
Sigue rugiendo el cielo afuera.
Seguimos doliendo aquí.
Sonríes, tocas mi cara.
Se acalla todo al fin.