Me exorcizo. Me miras a los ojos y te ríes. No entiendes nada. No podemos hablarnos. Cada acorde te empuja, lo sientes desde la planta de los pies. Pasas a ser parte de un monstruo gigante, vibrante, que grita y brama, que suda y salta. Y el calor se multiplica, se enciende la multitud en una llama de colores y sonidos de guitarra. Un cántico de guerra, la haka de los maoríes, la admiración, la odolatría. El mundo nuevo tras la muralla de mentiras. Derribando por un par de horas la pena, el fracaso, las frustraciones. Somos uno de nuevo. Somos una sola familia. Y nuestro Dios inventado, nuestras creencias, nuestra osadía, se refleja en la música que nos desata.Se acaba la noche y caminamos por la acera. Actúas como un niño, saltas, cantas y yo me río. La noche en silencio, los oídos tapados. Ya es mañana y mañana es hoy día. Y atrás, muy atrás, quedó lo gris, lo turbio, lo frío. Ahora solo juegas y me diviertes tanto. La luz se asoma apenas atrás de los edificios. Te acerco a mí y te beso despacio. Después de esto puedo creer en la vida otro rato.