La bendita marejada que me arrastró hasta abajo, me partió la cara contra las rocas, me arañó despiadada contra a arena, me dejó la piel palpitando, roja y herida, la que una y otra vez sabe dónde golpearme, cómo tomarme para que no deje de sentirme en la batalla, que me suelta justo para que tome aire, que me espera hasta que me sienta a salvo y vuelve rauda. La misma que me ahoga me hizo crecer alas, la misma que me las quiebra, las hace ser gigantes y el odio que genera me hace más vulnerable... más vulnerable a este amor inmenso por cada ráfaga de puta vida. Puta vida.Y cuando despierto, otra vez, otro día, otra vez entiendo y otra vez repito que no hay opción ni salida ni trampa. Esto es. Mi guarida, mis amores, mi familia. Soy la sobreviviente eterna, la vigilante designada, la iracunda madre mujer niña pecadora santa asesina que la marejada guarda.
Y cuando despierto, otra vez, otro día, otra vez entiendo, otra vez repito, lo que siempre olvido: los amo demasiado para rendirme.